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Cómo perdonar a alguien que te hizo daño, empezando por ti mismo

No hay forma más eficaz de sanar tu pasado que perdonar. Pero casi nadie empieza por donde hay que empezar.

No existe una manera más eficaz de sanar tu pasado y de que tus relaciones florezcan que el perdón.

Y es importante que empieces ese proceso perdonándote a ti mismo.

Todos los seres humanos cometemos errores. La tragedia no está en cometerlos: está en no haber aprendido nada de ellos. Y nunca es tarde para hacerlo.

El problema es cómo nos enseñaron a ver los errores

En nuestra cultura decidimos que los problemas, de cualquier tipo, son malos. Que uno no debería equivocarse.

Con esa idea encima queda poquísimo espacio para arriesgarte, para probar cosas y para ir de verdad detrás de tus sueños.

El miedo a equivocarte te deja resignado a una vida que está por debajo de la que podrías tener. Si no te puedes permitir un error, tampoco te puedes permitir crecer, salir de tu zona cómoda ni llegar a algo grande.

El error más caro que puedes cometer es dejar que tus errores te aplasten el ánimo y te quiten las ganas de vivir.

Prueba a verlo al revés. Todo el que vive se equivoca. Si asumes que los errores son parte necesaria de tu evolución, vas a notar que en realidad te ayudan a ver las cosas de otra manera. Mientras más aprendas de ellos, menos probable es que los repitas.

Las personas poderosas no se concentran en evitar errores. Se concentran en vivir aquello con lo que se comprometieron.

Eres tu crítico más duro

Todos hacemos lo que podemos, no solo para sobrevivir sino para vivir bien. Todos buscamos el placer y evitamos el dolor. Y como somos criaturas imperfectas, con una perspectiva limitada, de vez en cuando nos equivocamos.

Ten compasión con tus debilidades humanas. Y después ten esa misma compasión con los demás.

Cuando te juzgas malo e indigno de amor, generas una energía negativa que se encarga de que así sea. Tu autoestima va a sufrir exactamente en la medida en que sigas reclamando tu derecho a castigarte por tus errores pasados.

Y hay algo más que casi nadie se dice en voz alta: mientras sigas enojado contigo mismo, tienes una excusa perfecta para no hacerte cargo. El enojo hacia uno mismo distrae. Te mantiene ocupado reprochándote en lugar de ocupado arreglando.

Perdonar es más difícil, porque implica dejar de ser la víctima.

Lo que más te molesta de los demás

Vas a descubrir algo curioso: lo que más odias de otras personas suele ser justo lo que más odias de ti mismo.

Por eso perdonarte es el primer paso para perdonar a los demás. Cuando lo haces, el resentimiento tóxico que te consume por dentro le deja el lugar al amor propio. Y ese amor propio es el que viene antes de poder perdonar y querer a otros.

Esperar a que el otro dé el primer paso no te va a servir. Ni a tu relación, ni a tu salud, ni a la imagen que tienes de ti.

Perdonar no es aprobar

Esto es importante y conviene decirlo claro.

Perdonar a alguien no significa que apruebes lo que hizo. No significa que esté bien. No significa que tengas que dejarlo entrar otra vez a tu vida.

Significa ponerte en su mundo el tiempo suficiente para entender por qué actuó como actuó. Significa soltar esa energía violenta del resentimiento, porque mientras la sostengas te está costando a ti mucho más que a la otra persona.

El enojo, además, no viene de lo que te hicieron. Viene de la interpretación que tú hiciste de lo que te hicieron.

Perdonar te convierte en el autor de tu futuro, en lugar de dejar que lo escriba tu resentimiento.

Y si tú fuiste quien hizo daño

Probablemente también hay personas a las que tú lastimaste.

Mira si hay algo que puedas hacer para reparar. Palabras que puedas corregir. Errores que puedas reconocer. Promesas que diste por poco importantes y nunca cumpliste. Una disculpa sincera, si corresponde.

Que la reparación tenga el tamaño del daño, y que vaya dirigida a la persona a la que le dolió.

Hazlo sin exigir una respuesta. No controlas cómo va a reaccionar el otro. Lo que sí controlas es haber hecho todo lo que estaba en tus manos. Deja la puerta abierta, reconócete el valor que hizo falta para dar ese paso, y sigue adelante.

Y cuando ya hiciste todo lo que podías hacer, no te sirve de nada seguir castigándote. Todos nos equivocamos. Lo único que podemos pedirnos es seguir aprendiendo y hacernos responsables de la persona que decidimos ser.

Ejercicio: tres pasos para empezar

  1. Haz una lista de todo aquello que todavía no te has perdonado. Después, otra lista con lo que no has perdonado a los demás.
  2. Arma un plan concreto para reparar: qué palabras corregir, qué errores reconocer, qué disculpas ofrecer, y a quién.
  3. Para las personas que ya no están, o con las que no puedes o no quieres hablar en persona, escribe una carta. Pon lo que pensaste, lo que sentiste y tu perdón. Enviarla es opcional. Escribirla no.

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