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Cómo perdonarte a ti mismo por algo que todavía te pesa

Puede ser algo de hace veinte años. Si todavía te pesa, es que nunca cerró. Y cerrarlo no significa decir que estuvo bien.

Casi todo el mundo logra perdonar a otros antes que perdonarse a sí mismo.

He visto a personas perdonar cosas muy graves que les hicieron, y seguir cargando veinte años después algo que ellas hicieron y que, mirado de afuera, era mucho más chico. No es casualidad. Con los demás somos jueces. Con nosotros somos fiscales.

La confusión que lo mantiene todo trabado

Mucha gente no se perdona porque cree que perdonarse significa decir que lo que hizo estuvo bien.

No es eso. Nunca fue eso.

Perdonar, a otro o a uno mismo, no es aprobar lo que pasó. Es dejar de pagar hoy la cuenta de algo que ya ocurrió. Lo que hiciste sigue estando mal. Lo que cambia es que dejas de usarlo como prueba de lo que vales.

Una cosa es «hice algo que estuvo mal». Otra es «soy alguien que no vale». La primera es verdad y se puede reparar. La segunda la agregaste tú.

Culpa y vergüenza no son lo mismo

Vale la pena separarlas, porque una sirve y la otra no.

La culpa dice: hice algo que va contra mis valores. Eso es útil. Duele, pero te señala el camino: repara lo que se pueda reparar, cambia lo que haga falta, y sigue.

La vergüenza dice otra cosa: soy una mala persona. Y eso no repara nada. Nadie se volvió mejor por convencerse de que no vale. La vergüenza paraliza, y mientras te tiene paralizado, lo que hiciste sigue sin arreglarse.

Si lo que cargas es culpa, hay trabajo por hacer. Si lo que cargas es vergüenza, primero hay que devolverla a su tamaño real.

Cinco pasos

1. Escribe los hechos, sin el cuento. Qué pasó exactamente. Solo lo que una cámara habría grabado. Sin adjetivos sobre ti, sin «y eso demuestra que». Casi siempre el hecho es más chico que la carga, y verlo escrito en dos renglones ya cambia algo.

2. Reconoce con qué ojos lo viste entonces. Esto no es una excusa, es exactitud. En ese momento tenías la información, el nivel de madurez, el miedo y las herramientas que tenías. Hoy tienes otros. Todos actuamos según cómo vemos el mundo en ese instante, y tú también eras una persona haciendo lo mejor que sabía con lo que entendía. Juzgar al de entonces con la cabeza de hoy es una trampa que nadie gana.

3. Repara lo que todavía se pueda reparar. Aquí está la diferencia entre perdonarse y mirar hacia otro lado. Si hay alguien a quien le debes una conversación, tenla. Di lo que hiciste, sin justificarte y sin pedir nada a cambio. Si la persona ya no está, o si el contacto haría más daño que bien, escribe lo que le dirías y entrégalo de otra manera: con un acto concreto hacia alguien más.

4. Devuelve lo que aprendiste. Toda experiencia, y sobre todo las duras, trae algo que suma a tu sabiduría y a tu empatía. Pregúntate qué entendiste por haber pasado por eso, y a quién le sirve que tú lo entiendas. Lo que se transforma en algo útil para otro deja de ser solo una deuda.

5. Decide. No esperes a sentirlo. Esto sorprende a mucha gente: el perdón es una decisión, no una emoción. No vas a despertarte un día sintiéndote perdonado y entonces decidirlo. Lo decides primero, y el sentimiento llega después, de a poco, a medida que dejas de alimentar la acusación.

Ejercicio: la carta de dos partes

Siéntate con una hoja y escribe dos cartas cortas, en este orden.

La primera la escribe el fiscal. Dile todo. Sin suavizarlo, sin editarlo, sin cuidar las palabras. Todo lo que te vienes diciendo desde entonces. Una página basta.

La segunda la escribes tú, hoy, a la persona que eras cuando pasó aquello. Como le escribirías a alguien que quieres y que metió la pata. Con esa voz. Dile lo que tenía en contra, lo que no sabía todavía, y lo que ha hecho desde entonces.

Después lee la segunda en voz alta. Y la primera, rómpela.

No es un truco de autoayuda. Es la primera vez en años que las dos voces hablan el mismo día, y la diferencia entre las dos es exactamente el tamaño de lo que estabas cargando de más.

Lo que pasa cuando por fin cierra

Dos cosas, y la segunda no se la espera nadie.

La primera es obvia: se te suelta algo. Deja de aparecer cada vez que estás cansado.

La segunda es que te vuelves bastante más amable con los demás. Quien se perdona deja de necesitar que los otros sean perfectos, porque ya no está usando sus errores para sentirse menos solo con los propios.

Al perdonar a otros cierras tu pasado. Al perdonarte a ti, abres tu presente.

Y si lo que cargas es muy pesado, o lleva años y no cede, no lo hagas solo. Un coach, un grupo o un profesional de la salud mental hacen que este trabajo sea mucho más corto y mucho menos cruel.

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