Por qué te enojas tanto, y por qué en el fondo no quieres dejar de hacerlo
Dices que odias enojarte. Y aun así, todos los días encuentras un motivo. Eso no es casualidad: hay algo que estás ganando, y vale la pena saber qué es.
Para la mayoría de la gente, cada día es otra vuelta en la montaña rusa. Si las cosas salen como queremos, estamos bien. Si no, reaccionamos con enojo, tristeza, miedo, decepción, frustración o cualquiera de las cien variantes que hay en medio.
Estamos tan acostumbrados a eso que damos por hecho que así es la vida. Que es lo normal. Que todo el mundo lo hace.
«Somos humanos, tenemos derecho a sentir»
Seguro lo has escuchado. Quizá lo has dicho.
Y sí, somos humanos. Pero mira lo que estamos aceptando cuando lo decimos: que siempre vamos a estar a merced de lo que otros digan y hagan.
Tu pareja dice algo que te irrita y contestas mal. Tu jefe critica tu trabajo y te entra el miedo de perderlo. No te invitan a una reunión del barrio y te pones triste. Te acusan de algo que no hiciste y respondes con rabia.
La vida está llena de oportunidades para reaccionar de una manera que no te sirve de nada.
La pregunta incómoda
Si estas reacciones no nos hacen felices, no nos dan paz y no nos vuelven más efectivos… ¿por qué seguimos teniéndolas?
Si de verdad odiamos vivir con ese enojo de fondo, ¿por qué encontramos tantas razones para volver a él? ¿Y por qué, a veces, hasta parece que disfrutamos subirle el volumen?
Piensa en alguien a quien le aterran las películas de terror. Las escenas oscuras, la sangre, los sustos: lo dejan agitado, incómodo, sin poder dormir. Y aun así vuelve. Busca la siguiente, más espantosa todavía, garantizada para dejarlo igual de mal.
Decimos que odiamos estas emociones. Pero las buscamos. Eso no es mala suerte: es adicción.
Lo que ganas sin darte cuenta
Cuando miramos de cerca, aparece algo incómodo: nuestras emociones nos hacen sentir vivos.
Dentro del enojo hay una sensación de poder. Enojarte te devuelve el control de algo. Te permite dominar al otro, que probablemente también está intentando dominarte a ti.
La tristeza también paga. Te da consuelo. Te permite sentir lástima por ti mismo y sentarte un rato en ese lugar que conocen bien todas las víctimas. Te libra de la responsabilidad de estar bien.
Y el miedo te protege. Si te mantienes asustado y a la defensiva, no tienes que arriesgarte. No tienes que enfrentar situaciones incómodas ni la posibilidad de fallar. Te quedas en casa, debajo de la cama, y el mundo allá afuera sigue siendo cruel sin ti.
Nadie elige esto conscientemente. Pero mientras esos beneficios al revés sigan existiendo, la emoción se queda.
La señal de alerta
La buena noticia es que esa emoción, además de atraparte, te avisa.
Ese golpe de adrenalina cuando se te calienta la cara. Ese hueco en el estómago cuando llega la tristeza. Esos son datos. Son tu aviso de que estás en un disgusto y de que no estás viendo la situación de una manera que te ayude.
Y en ese momento puedes hacer algo distinto: mirar hacia adentro en lugar de hacia afuera.
- ¿Hay alguna etiqueta que me dé miedo? ¿Algo que estoy decidido a que nadie piense de mí?
- ¿Mi enojo es de verdad contra esta persona, o estoy tapando un miedo propio?
- ¿Estoy leyendo la situación de una manera que garantiza esta reacción?
- ¿Habrá otra forma de interpretar lo que dijo, una que no venga con carga emocional?
- ¿Puedo darle el beneficio de la duda? ¿Puedo suponer que sus intenciones eran buenas?
- Y si no: ¿puedo al menos suponer que está haciendo lo mejor que sabe, con la historia que carga y la forma en que aprendió a ver el mundo?
Hacen falta dos para bailar
La conciencia emocional es el primer paso para cambiar tu mundo, y también para ayudar a otros a cambiar el suyo.
Un baile necesita dos personas. En el momento en que una cambia el paso, al otro se le hace muy difícil seguir bailando lo mismo de siempre.
No tienes que convencer a nadie. Solo tienes que dejar de poner tu parte.
Tres preguntas, por hoy
¿Estás dispuesto a renunciar a tu derecho a reaccionar emocionalmente?
¿Estás dispuesto a dejar que tus emociones sean la señal que te invita a mirar qué hay debajo de tu reacción de siempre?
¿Estás dispuesto a desapegarte de cada situación y buscar lo que tiene para enseñarte?
Ejercicio: cinco apuntes para tu diario
- Anota cada reacción emocional que te salga sin que la hayas decidido conscientemente.
- ¿Qué emociones aparecen normalmente cuando te cachas en una reacción automática?
- ¿Qué beneficios al revés te está dando esa reacción? Sé honesto: siempre hay alguno.
- ¿Cómo cambia la situación cuando creas una interpretación distinta de lo que pasó?
- ¿Qué has descubierto sobre ti mismo al desapegarte?
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