Por qué tu hijo se enoja tanto, y qué puedes hacer
El enojo de un niño casi nunca empieza donde parece empezar. Entender de dónde viene cambia por completo lo que puedes hacer con él.
Un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard encontró que cerca del 8 % de los adolescentes vive episodios de enojo tan intensos que llegan a diagnosticarse como un trastorno explosivo intermitente.
Lo único que me sorprende es que la cifra no sea más alta.
En más de veintiocho años acompañando a personas a elevar su autoestima, he visto crecer una adicción muy extendida a tres emociones: el enojo, la tristeza y el miedo. Todos las sentimos alguna vez. Pero he observado que los varones adolescentes son, de lejos, los más enganchados al enojo.
Déjame explicarte cómo empieza.
Casi siempre empieza antes de los seis años
En la vida de cada niño ocurre algo, por lo general antes de los seis años, que lo lleva a dudar de sí mismo y de su propio valor. Alguien dice o hace algo, y el niño se queda con la idea de que hay algo malo en él. Que no merece que lo quieran. Que está incompleto.
Ese primer disgusto puede ser de dos tipos.
El primero es un golpe directo: una palabra dura de un compañero o de un adulto, una nalgada, un insulto, una pelea, un episodio de acoso o de burlas por su nombre.
El segundo es más silencioso y, por eso, más frecuente. El niño malinterpreta lo que alguien dijo o hizo. Nadie quiso insultarlo. Los hechos fueron que alguien dijo algo o hizo algo. El niño, por su cuenta, se inventó que eso significaba que él está mal.
Y esa interpretación es la que lo «hizo» enojar.
No fue lo que pasó. Fue lo que el niño decidió que significaba lo que pasó.
De ahí en adelante, empieza a buscar
Desde ese momento, el niño comienza a escanear el mundo buscando situaciones, personas e interpretaciones que le devuelvan esa misma sensación conocida de enojo.
Mientras más se acostumbra a enojarse, más fácil le resulta perder el control y alimentar esa adicción. A lo largo de los años, y luego de las décadas, ese niño se convierte en un adulto entrenado para encontrar un sinfín de razones para reaccionar al mundo con enojo.
Lo mismo pasa con quienes reprimen el enojo y se enganchan en cambio a la tristeza o al miedo: atraen personas y situaciones que los ponen tristes o los asustan.
Todos los días hay cientos de oportunidades para que un niño interprete la vida de una forma que le dé su dosis. Y cada dosis va desgastando un poco más la imagen que tiene de sí mismo, mientras el enojo arruina relaciones y le quita efectividad.
Después de años acumulando pruebas, ya no le queda ninguna duda: él está mal. Y claro que no le queda duda, porque él mismo construyó la profecía que se cumple sola.
Lo que sí pueden hacer los padres
Aquí es donde cambia la historia, porque hay mucho que un padre o una madre puede hacer.
Separa al niño de su conducta. Puedes no estar de acuerdo con lo que hizo y decírselo con claridad. Lo que no puede quedar en duda es que él no es su conducta. Todos cometemos errores. Pase lo que pase, él sigue siendo bueno, querible y valioso.
Que el amor no dependa del comportamiento. Los niños necesitan saber que, incluso cuando se equivocan y tú desapruebas lo que hicieron, eso no toca ni tu amor ni su valor. Que los quieres por quienes son, no por lo que hacen.
Enséñale empatía. Ayúdalo a imaginar cómo es el mundo de la otra persona, para que entienda por qué la gente hace lo que hace. Y ayúdalo a no tomarse personalmente las reacciones ajenas.
Enséñale que nadie puede enojarlo. Cuando un niño se da cuenta de que nadie más puede ponerlo triste, enojado o asustado —que solo él puede hacerlo— deja de ser tan fácil de provocar.
Enséñale a perdonarse. A limpiar sus errores hablando y actuando con responsabilidad. Y a perdonar a los demás, sabiendo que están haciendo lo mejor que saben con la forma en que ven el mundo. Esto no es aprobar la mala conducta: es entender que la gente hace cosas hirientes por sus propias heridas, no contra nosotros.
Enséñale gratitud. A agradecer lo que tiene. A esperar cosas buenas. A comprometerse con lo que quiere sin quedar atado al resultado.
Autoestima no es ego
Vale la pena aclarar esto, porque mucha gente los confunde.
Fomentar la autoestima en un niño no es criar a alguien obsesionado consigo mismo a costa de los demás.
Autoestima alta significa ser competente y capaz en cada área de la vida. Eso incluye ser efectivo en las relaciones y en la comunicación, y tener aprecio por cómo es el mundo de las otras personas.
Quien solo se preocupa por sí mismo y no por los demás no tiene, según mi definición, una autoestima alta.
Los niños copian lo que ven, no lo que escuchan.
Por eso lo más útil que puedes hacer por tu hijo es seguir siendo tú un estudiante permanente de tu propio desarrollo. Desde esa energía de respeto, amor y aceptación, los niños reciben las herramientas que necesitan para manejar sus estados de ánimo, crear interpretaciones que sostengan sus relaciones y crecer hasta convertirse en adultos seguros y felices.
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